Regreso a Ítaca

No estaba previsto, pero ahora mismo escribo desde mi pueblo, Muñecas, en la provincia de Soria. He adelantado diez días mi regreso a casa sin avisar prácticamente a nadie. Hoy ha sido mi último día de viaje y con este suman un total de 46. Como en el poema de Neruda, en este último post -sí, último- explico algunas cosas.

La fecha prevista para regresar, mi vuelo desde Bombay, era el día 20, pero digamos que el destino me brindó la oportunidad de volverme
antes y yo vi que era el momento de hacerlo. Básicamente lo que ocurrió es que hace unos días la compañía Egyptair me anunció que retrasaba mi vuelo un día, del 20 al 21 de agosto. La consecuencia de esto era, por un lado, que perdía mi vuelo de conexión en El Cairo y, por otro, que me quedaba 24 horas en India sin visado, ya que éste me expira el mismo 20. Por esa tontería podría acabar en el calabozo o arruinarme con una multa de echarse a temblar.

Así pues, la compañía me ofreció dos posibles soluciones: reubicarme en otro vuelo desde Bombay el día 19, o devolverme la pasta.

Si les digo la verdad, no me costó decidirme por la pasta. Actualmente en casi toda la India, pero especialmente en Bombay y, más al sur, en Goa, el monzón está haciendo estragos y no han sido pocas voces las que me han aconsejado no pisar esa zona en esta época. Con mi plan de playa y relax como postre final hundido bajo el aguacero, ante el panorama de quedarme 10 días vagando sólo, con mis fuerzas bastante tocadas por tantas emociones, trasiegos y días fuera de casa, y con la perspectiva de 24 horas al día pasadas por agua, opté por reclamar el coste del vuelo y pillarme el regreso desde Delhi. Y llegué al Adolfo Suárez ayer por la noche.

Un buen símil de lo que siento ahora: perderme esos últimos diez días ha sido como dejar la última cucharada, fría y apelmazada, de un gran plato de lentejas delicioso, pero que ya te ha saciado de sobra.

Durante estos 45 días disfruté de la intensidad, del contraste, de las noches al raso, de la tendinitis, disfruté soportando el calor, disfruté de las vivencias y las gentes, de las aglomeraciones, de la asfixiante polución, y de la paz del desierto… y guardé en mi memoria imágenes que aún se agolpan desordenadas en mi recuerdo y que volverán a mi cabeza cuando menos me lo espere. Y me recordarán en medio de mi rutina lo grande, hermoso, variopinto, maravilloso y también jodido que es este mundo de Dios.

Y después de disfrutar de todo eso, me toca ahora disfrutar de mi pueblo, enclavado a poca distancia del parque natural del Cañón de Río Lobos, frontera entre pinares y bosques de Sabinas. Disfrutaré de su paz sencilla. Del vasto horizonte sin presencia humana. De los campos de trigo amarillos. Del silencio roto por las cigarras durante el día y por los grillos durante la noche. De las siestas a la sombra. De las noches a la fresca. De mis recuerdos infantiles. De las costillas de cordero, los torreznos, la menestra de verdura, el gazpacho, la paella. De mi cama. De tener que salir del pueblo para conectarme. De la provincia más deshabitada de España, de una de las regiones de Europa con menor contaminación. De disparar a unas latas con mi vieja carabina. Del perfume del espliego. Del vermú con mis tíos, de observar a mi padre restaurando su bodega y de oler el té de roca que recoge algunas tardes mi madre cerca de Río Mimbre.

Ni disfrutaré (ni lo contrario), por cierto, de la presencia del ministro de Interior, que veranea en mi pueblo, se pasea en bermudas y a las mañanas viene al ciruelo que hay al lado de mi casa a pillar cobertura. No es una broma, daría para un guión de Berlanga.

Dijo Homero que, “aunque uno tenga en extraña y lejana tierra la mansión más opulenta, nada hay tan dulce como la patria y los padres propios”. No le faltaba razón. Regreso a Ítaca después de una odisea en la que he navegado las aguas del Mediterráneo, del Nilo Azul y del Ganges. Un viaje en el que he hollado tres continentes, he tomado diez vuelos, he recorrido un número loco de kilómetros por carreteras y caminos, he transportado 15 kilos a la espalda, he convivido con siete compañeros de viaje diferentes (¡qué claves han sido todos ellos!), he negociado, he perdido, he chapurreado amárico e hindi, he contemplado puestas de sol en el mar y en el desierto, he visitado templos, iglesias, maravillas patrimonio de la humanidad, he recorrido bahías, acantilados, selvas, sabanas, ríos, montañas, cataratas, he visto monos, gacelas, hipopótamos, zopilotes, elefantes, he conducido un kayak, un rickshaw, un camello, un bote de remos, he acariciado una cobra, me he tostado al sol y me he empapado hasta los huesos bajo el monzón, he permanecido intocable ante las picaduras de los mosquitos, me he vacunado de cinco enfermedades, me he curado una herida infectada, me he quedado ronco en el chupinazo, he visto hacer pujas a Ganesh y Shiva, he olido cuerpos ardiendo en Varanasi, he celebrado el fin del ramadán, he sido bendecido por sacerdotes ortodoxos, y me han marcado de rojo la frente en un templo jainista.

Hay una cosa que no he hecho y me apena, sin embargo: llegar hasta el sepulcro de San Francisco Javier, en Goa, y anudar allí un pañuelico rojo con el escudo de Navarra. Guardo ese pañuelo a buen recaudo en un bolsillo secreto de mi macuto… tiempo habrá.

Pero sobre todo, estos días he observado, escuchado, aprendido, he ensanchado mi mirada, he abierto mi mente y mi corazón un poco más, he adquirido nuevos puntos de vista y he derribado viejos prejucios.

También he cumplido uno de los objetivos que me puse al elegir como destino dos países como Etiopía e India. No era una meta muy ambiciosa, pero era la mía. Podría haberme implicado, comprometido, quedado de voluntario… pero me ha bastado con mirar. Con tomar conciencia, comprobar en mis carnes que, en efecto, somos minoría los que en este planeta vivimos como marajás, que la mayoría de almas que pueblan el mapamundi, tienen un panorama mil veces peor que yo y se quejan mil millones de veces menos. En mi vida normalizada, opto por no mirar demasiado a esa realidad, por pasarla de puntillas. Y es lógico. Pero en este viaje he intentado mantener la mirada a las personas que la viven día a día. Y a veces, cuando pese a todo, me sonreían, una sensación de vergüenza difícil de explicar -muy profunda y personal- me ha hecho bajarla. Con esa sensación también me quedo.

En fin, he hecho lo que más me gusta en esta vida: viajar.

Y al igual que Ulises, he regresado disfrazado y sin que me esperaran. La sorpresa a mis padres no ha tenido precio.

Ahora mismo, mientras digiero lo vivido en el último mes y medio, arropado por mi círculo de confort, ya se me va despertando el apetito de futuras empresas. Mi mente ya se adelanta a mi cuerpo dando forma a nuevos destinos y latitudes. Lo explicó muy bien Jonh Dos Passos con esta cita: “Como todas las drogas, viajar requiere un aumento constante de las dosis”.

Pues eso, les mando a todos un fuerte abrazo, gracias por leerme. ¡Hasta la siguiente dosis!

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¡”Namasté” equipo!

“Namasté” es una palabra que en la India se utiliza para saludar, mostrar respeto, despedirse o dar las gracias. Así pues, no se me ocurre otra palabra mejor para encabezar la crónica de hoy, en la que digo adiós a Leire y María, como lo dijimos a Laura hace una semana.

Dentro de unas pocas horas tomarán un vuelo de madrugada para regresar a España. Nos despediremos pronto por la mañana. Y será una despedida emotiva. Porque este ha sido un viaje de emociones. Un viaje de contrastes, de momentos inolvidables, unos divertidos, otros más difíciles. Ha sido especialmente en estos últimos donde hemos demostrado ser un gran equipo.

Viajar en grupo sólo requiere de dos ingredientes esenciales: flexibilidad y buen humor. Lo demás es accesorio. Pues de esto nos ha sobrado a todos.
Hemos sufrido el calor, los mosquitos, las aglomeraciones, los vaivenes estomacales y las indecisiones en el destino… Siempre juntos y siempre con una sonrisa… O más bien con carcajadas.

También somos gente disfrutona, cada cual con sus propias afinidades… Laura por la fotografía, Leire por los elefantes, María por la hora de comer, yo por las cervecitas y los tigres (una guerra esta última claramente perdida).

Por ello, hemos sido felices en la carretera, en los templos, en el desierto y en Delhi. Bueno, en Delhi yo no tanto, pues me perdí una degustación de un pan de queso que debía de ser tan delicioso, que fue comentario recurrente durante todas y cada una las comidas y cenas del viaje…

En fin, sería muy difícil describir cada uno de los momentos vividos, algunos los hemos compartido en esta bitácora y otros irán saliendo en el futuro en sucesivos cafés en Madrid, Pamplona o Albacete…

El tiempo que esté sólo en este país echaré de menos a mis compañeras, de las que, además, tengo la suerte de haber aprendido algo más que juegos de cartas. Mi rumbo está todavía abierto, el barro de tantos caminos comienza a pesar en mis botas y el monzón sigue batiendo con fuerza Goa. Es por ello que está última parte del viaje está tan abierta como lo estaba en junio, cuando surcaba el mar de Menorca a golpe de remo, o en julio, cuando contemplaba las altas cumbres del norte de Etiopía. Qué lejos queda.

Por eso, ahora mismo sólo me preocupo de lo importante: inclinar un poco la cabeza, unir mis manos en la frente y decir a mis amigas: “¡Namasté! ¡Hasta pronto y gracias, chicas!”

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Volar una cometa

Escribo desde Delhi, pasado mañana mis compañeras toman el vuelo de regreso a España. En Bombay, en Goa, en realidad en todas partes al Sur de Delhi, el monzón golpea con fuerza. Pero no aquí. Aquí la tarde es plácida, las nubes escasas y el cielo color canela.

Aunque el monzón no azota con tanta virulencia, sí que han caído en la capital de la India algunas gotas que han refrescado el ambiente brevemente. Nos encontramos en una terraza desde la que se puede contemplar todo el bazar de Nehru, con su ajetreo, su tráfico desquiciante, sus rickshaws suicidas, con sus infinitos puestos donde el viajero y el oriundo encuentran lo que se propongan y lo que no. Donde los niños a veces tienen que ganarse la vida como hombres.

Tampoco faltan los embaucadores que preguntan a salto de mata de dónde eres, cuánto llevas en la ciudad, si te gusta la India o si estas casado.
Estos curiosos asaltantes casi siempre acaban suponiendo un encalome: puede ser una visita a la tienducha de su primo, un viaje en rickshaw que nadie quería, o una guía improvisada del barrio de turno. Pero con el tiempo hemos aprendido a bregar con buena cara y a pasar sin ofender. Huelen a los novatos, y nosotros ya no lo somos. Así que, cuando contestamos a la primera pregunta y pasamos de la segunda, el tipo de turno capta el mensaje y se retira sin insistir en exceso. Antes nos daba apuro no responder o volver la cabeza ignorando a nuestro interlocutor. Pero ahora sabemos de qué va el juego y unos y otros aceptamos sus reglas.

En lo de negociar también hemos ganado callo, aunque soy consciente de que siempre perdemos. Yo particularmente soy una víctima potencial de una inflación obscena en el precio de un imán hortera o una simple botella de agua. No digamos ya de un viaje en rickshaw.

Con frecuencia nos triplican el precio y yo paso por el aro pronto, harto de hacer negocios por pingües rebajas. Mis amigas son más avispadas. Han conseguido suculentos descuentos en hoteles, viajes y souvenirs. De no ser por ellas, ahora mismo seguiría siendo igual de palomo, pero no me quedaría ya ni una pluma. Aún recuerdo cuando en Jerusalén quise comprar un exprimidor de zumo a mitad de precio y acabé pagando prácticamente lo que me pedía el tendero, solo que adquiriendo dos, al igual que mis dos camaradas Iñigo y Janfri, -seis en total- que ni por un segundo habían pensado en comprar cacharro tan aparatoso. Aún crían polvo en algún rincón de la cocina. Pues eso, que hasta en las propinas me timan.

Volvamos a la terraza. Ya anochece, y el horizonte está cuajado de cometas de papel que los niños bailan desde las azoteas. Es el juguete rey en la India. Los niños las vuelan, luchan entre sí y las recomponen una y otra vez con hilo de cobre y alambres. Y así cada atardecer, como si fuesen ellos mismos los que sobrevolasen la jungla urbana que se abre varios metros debajo de sus pies.

Leire y María, con la cercana perspectiva del fin de viaje, acaban de preguntarse qué echarán de menos al volver a casa. Hablan de las miles de imágenes de las personas que componen un paisaje tan fascinante como el de la India. Hablan de la paz que da el no tener más responsabilidades que el dejarse sorprender a cada paso y aprender de ti mismo y del mundo que te rodea.

También echarán de menos a un equipo tan variopinto como bien avenido. Un equipo cuyos integrantes, salvo excepciones, apenas nos conocíamos antes de salir de Europa. Estoy de acuerdo con ellas. Echaré todo eso de menos. Y muchos momentos más.

Como por ejemplo este. Cuando ya estemos plenamente inmersos en una rutina del día a día que a veces quita el aire, recordaremos con alivio y esperanza el ejemplo de los niños de Delhi: basta algo tan sencillo como volar una humilde cometa para escapar durante un rato del duro mundo de los mayores, del griterío, del humo y del bullicio del bazar.

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Leire, María y Mikel viendo llover en Macondo

Viajar significa, entre otras costas, carecer de techo fijo. El número de horas a la intemperie durante un viaje es considerable, por ello las fuerzas de la naturaleza adquieren una importancia a veces vital para el buen curso de la empresa. Nosotros, pese al calor húmedo y pegajoso que nos ha acompañado durante todos estos días, habíamos tenido cierta suerte en este punto. Pero ayer nos pilló de lleno el monzón. Fue en Bundi, al oeste de la India. Bueno, en realidad fue antes.

Durante el viaje vimos cunetas encharcadas, campos inundados y algún tramo de carretera cubierto por un río de agua color café con leche que tuvimos que vadear con cuidado y no sin miedo.

Pero fue en Bundi donde se desató la gran tormenta. Una lluvia incesante y violenta golpeaba las paredes de nuestro hotel, situado a orillas de un lago que casi dobló la cantidad de agua en una sola noche, quedando a menos de un metro del desbordamiento. Hay un pasaje de “Cien años de Soledad” que serviría muy bien para ilustrar la jornada que vivimos ayer. Es cuando comienza a llover en Macondo y se pega años así, sin parar, y las casas se pudren, y la piel de la gente se llena de líquenes, y los cangrejos se hacen dueños de los salones. Pues como Isabel en el monólogo de García Márquez, nosotros nos pegamos el día viendo llover a través de la ventana.

Así pues, durante nuestra estancia en Bundi -una tarde, una noche y media mañana- nos vimos recluidos en aquel hotel que tanto nos recordó al del Resplandor por vacío, por lúgubre y por la cara siniestra de un personal que podría tranquilamente pertenecer al otro mundo.

Después de invertir la tarde en juegos de cartas, vagos escritos y tontadas varias, fuimos a cenar al restaurante del hotel, un complejo gigantesco, con bellos jardines y porches, ayer anegados por el agua. La estancia estaba decorada a la manera típicamente india, pero con desconchados, permanecía vagamente iluminada (la luz se iba con frecuencia) y olía a orines de murciélagos.

Aunque parezca mentira, en India uno afina el olfato hasta convertirse en un experto catador nasal de finas especias, pero también de defecciones y detritus. Así, ahora mismo, igual que somos perfectamente capaces de diferenciar el cardamomo del filantro, el comino o la masala, podemos acertar si un hedor remoto proviene de un perro mojado, de un nido de monos, de una rata muerta, o de los meados de un mamífero volador, como era el caso.

Tras una buena espera escuchando el agua en las ventanas y los truenos en las montañas, llegó la cena, que por lo tétrico de la escena y del camarero, bien podría haberse tratado de una cabeza humana y una copita de RH negativo. Pero no, lo que pedimos fue una pasta empalagosa, una menestra picante que nos descubrió una mosca muerta en su interior a la tercera cucharada, y un arroz desabrido. Apenas probamos bocado.

En un momento en que me acerqué a la ventana para observar cómo subía el nivel del pantano a causa de la tromba, un rayo iluminó el horizonte y descubrí con sobresalto que dos ojillos amarillentos me miraban fijamente a través del cristal. Era un mono. Uno de esos de cara negra, cuerpo gris y esbelto y cola larguísima. Nos habían advertido de la agresividad de estos macacos, a los que había que enfrentarse con un palo si uno de aventuraba a pasear por el fuerte que se arruina en la montaña de la ciudad. Sin embargo, decidimos alimentar al simio, -que era una simia con su retoño colgandero de los pechos-, con las sobras de la cena. Lo hicimos a través de un resquicio de la ventana, para ahorrarnos sustos. Después, llegó el momento de dormir.

Uno de los problemas de la época de lluvias es que con ella aumenta el número de mosquitos y moscas. En Bundi había una auténtica plaga de estos insectos que cubrían nuestros platos al poco de ser servidos, revoloteaban junto a nuestras caras y, en el caso de los mosquitos, dejaron más de un recuerdo a mis compañeras.

A mí, desde que salí de casa el 27 de junio, pese a dormir al raso en Menorca, pese a mi paso por Etiopía e India, sigue sin haberme picado ni uno sólo. Creo que me voy a hacer análisis de sangre en cuanto regrese.

Para conjurar el zumbido de estos mini cazas que tantos desvelos provocan, tuvimos que poner las mosquiteras, ideando maneras de colgarlas sobre nosotros pese a la ausencia total de enganches y a la gran altura de los techos de aquel hotel.

Y sin más contratiempos que una plaga de gorgojos en los cereales del desayuno de Leire, esta mañana partimos de Bundi, a la cual abandonamos aún bajo la lluvia.

Ahora mismo nos encontramos en Jaipur de nuevo. Hemos recorrido sus calles en un rickshaw que amenazaba romperse por la mitad a cada bache. Hemos hecho alguna compra y hemos paseado, como siempre, a codazos y empujones.

Unas vacas que hozaban en una montaña de basura ha sido la imagen con la que nos despedimos de Rajastán, ya que mañana volvemos a Delhi. Desde allí, mis compañeras volverán a España.

En Goa, la ciudad costera desde la que el día 21 partirá el vuelo que compré hace meses, el monzón vive su momento más álgido. Casi todos los establecimientos turísticos están cerrados y las infraestructuras se ven afectadas por el agua que cae del cielo o la que salpica el bravo mar Arábigo. Mal panorama, sin duda. Y he sido advertido en más de una ocasión de que mejor no ir.

Nuestro amigo Shiva nos ha preguntado esta tarde si en nuestra ciudad había monzón como en India. Le he respondido que “no”, claro. Pero enseguida, al contemplar los saris empapados de un grupo de señoras, he reparado, con resignación y morriña, en la cantidad de veces que Pamplona se parece en ese aspecto a Macondo.

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“En el karma lo llevarás”

Desde que vimos arder varios cadáveres en Varanasi, no habíamos tenido sensación de paz en este país. La experiencia en India, tremendamente positiva desde mil puntos de vista, pone a prueba al viajero en otros mil aspectos. Uno de ellos, muy acusado, es el de soportar las aglomeraciones, el ruido ensordecedor de las ciudades. Un ruido que te acorrala y que nunca cesa. La falta de paz.

Es por eso que estos tres días de desconexión nos han recargado las pilas, mostrándonos otra cara del país. Más amable, más llevadera. E igual de real.

Tras nuestro paso por Jaisalmer, un bastión fortificado del Rajastán a pocos kilómetros de la enemiga Paquistán, pasamos por el desierto que separa ambos países, y más tarde por las tranquilas montañas de Ranangpur.

Allí, junto a cristalinos lagos y frondoses bosques, donde los monos aúllan y el leopardo pasea a la luz de la luna, se oculta un templo sagrado para el jainismo, una religión escindida del hinduismo hace 4.000 años.

Pudimos conocer las pintorescas reglas de sus creyentes, que no se cortan el pelo con tijeras para no arriesgarse a decapitar un piojo. Parecen pardillos, pero Gandhi asumió alguno de sus postulados para desarrollar su resistencia no violenta. Y logró así la independencia de la India. Son tan radicales en el rechazo de la violencia, que nunca responden a una ofensa o una agresión. Se contentan con musitar: “Karmay namái”. “En el karma lo llevarás”. Sinceramente, hace mucho que creo que hay algo de razón en esa afirmación.

El desierto. La verdad es que, después de visitar varios de ellos en el curso de mis viajes (el del Sahara en Marruecos, el del Nèguev entre Israel y Jordania, el del Gobi en Mongolia, el de las Bardenas Reales…) la visión blanda de las dunas al atardecer, la inmensidad ocre que se extiende como un océano calmo, la dureza de su clima, y el acecho de la muerte me siguen fascinando como a un niño.

No pocas veces he incluido referencias a Lawrence de Arabia en mis escritos, pero me es imposible no hacerlo. Y menos cuando el camellero que nos conducía hacia la puesta de sol me permitió guiar mi propia bestia, sin tener que caminar atado en hilera, tras asegurarle yo que era un experto sobre una o dos jorobas. En mi experiencia, los camellos y dromedarios, a diferencia de los caballos, no obedecen a golpes de espuela o arreos. Son bestias imponentes, tan mesuradas como poderosas, que te pueden descabalgar con un simple giro de cuello, o un brinco que te eleva tres metros sobre el suelo. Una italiana que conocimos, y cuyo guía sujetaba el morro de su camélido, mordió el polvo porque a este le molestaban los hierros de la montura. Casi se parte el cuello.

Por eso, a estos animales hay que hablarles. Responden sólo a estímulos sonoros. En Mongolia eran órdenes, aquí, el bicho andaba cuando hacías el ruido de dar un beso, y paraba al sisear. Así de fácil.

A paso lento y amortiguado llegamos a lo alto de las dunas. Y allí los camellos se restregaron en la arena panza arriba. Por cierto, que en un momento de escasa lucidez, quizás a causa del calor, Leire creyó que había sido yo quien había tirado al suyo al suelo por el simple hecho de apoyar mi cámara sobre su silla.

Y así llegó. La paz. Mirar el sol perderse en el horizonte, escuchar los lejanos cantos de los pavos reales. Y sentir la brisa fresca en una piel demasiado acostumbrada al calor sofocante, a los sudores sucios y a la polución… No tuvo precio. Allí dormimos, al raso. Después de cenar y bailar en círculo. Por fin bajo un cielo estrellado donde no amenazaba el monzón, y donde la única lluvia era la de las estrellas fugaces que nos iluminaban el rostro y el corazón. Donde el único tráfico era el de los escarabajos peloteros jugando a fútbol torpemente con balones de mierda. Tan sólo molestados por la arena movida por el viento. Pero sin mosquitos, ni ruido mecánico de aire acondicionado.

Al amanecer volvimos del desierto en carro. También tirado por un camello. Con los pies colgando, plácidamente recostados, como Terence Hill en la primera escena de “Le llamaban Trinidad”. Con el girar de las ruedas de hierro y el crujir suave de los guijarros bajo las almohadillas de las pezuñas. Y mirando al desierto, tan severo y peligroso, todo yermo, que nunca perdona un error, que abrasa la piel y seca la lengua, y que puede engullir una caravana de cien hombres con sus animales de un plumazo, me dije para mí mismo: “Esta noche nos la ha regalado el karma”.

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Bichos

El monzón inunda -literalmente- las callejuelas de Jodhpur. Los niños chapotean en las riadas marrones salpicados por los rickshaws, o se zambullen en una piscina urbana de agua verdosa y sucia. La lluvia es una alegría en un país donde millones de campesinos dependen de ella para su manutención. En el libro que estoy leyendo “La Ciudad de la Alegría”, es precisamente el retraso del Monzón el que obliga a una familia bengalí a emigrar a Calcuta. Aunque también quiere ser un canto de esperanza, el libro contiene alguno de los pasajes más duros que he leído nunca, y hacerlo en este viaje acentúa aún más esa dureza.

Estamos en una ciudad militar. Jodhpur está jalonada de cuarteles donde las brigadas del desierto se entrenan para custodiar la frontera con la enemiga Pakistán. En lo alto de un cerro, un antiguo fuerte vigila la ciudad.

Ayer fue un día pintoresco en Jaipur. Un día de contrastes, a ratos incómodo, que puso a prueba nuestra paciencia y aguante de viajeros. Lo primero que hicimos fue visitar el palacio de Amber, que un Marajá hizo construir para su solaz en lo alto de una montaña. Una muralla que recordaba a la china, encerraba porciones de jungla donde el rey gustaba de cazar bestias salvajes en el pasado. Incluso un lago artificial mandó instalar aquel hombre, aficionado a las panorámicas, a los lujos y a los espejos.

Hasta el palacio ascendimos a lomos de dos elefantes. Sí, dos paquidermos lentos y tristones ricamente engalanados por sus conductores. Quienes me conocen pueden imaginar la emoción con la que esperaba el paseo a lomos de monstruo tan fascinante. Sin embargo, mi disfrute, y el de todos, quedó empañado por el enjambre de buhoneros que acosaban a los turistas a cada paso, haciendo caso omiso a negativas, miradas graves, o incluso caras de perro. El precio de las alhajas y quincallas se repetía una y otra y otra vez. Bajando de 20 en 20 rupias ante los silencios del potencial comprador. Son las terribles secuelas del turismo masivo, que todo lo corrompe y que convierte a los viajeros en meras billeteras con patas, a ojos de algunos vendedores o camareros.

La pesadilla consumista, unida al calor asfixiante, a las moscas y al hedor a orines de murciélago que impregnaba la atmósfera del interior del palacio, nos obligó a apartarnos a un rincón sombrío del palacio donde soplaba algo de brisa para hacer ejercicios de relajación.

Poco antes, un encantador de serpientes nos había permitido acercarnos a sus negras cobras y, más aún, acariciarlas y agarrar su cuerpo áspero, que se contraía entre mis dedos. Una de ellas lanzó un amago de mordisco, aunque por suerte, los encantadores tienen el detalle de extraer su veneno antes de hipnotizarlas con el movimiento de su flauta. Encantadores, pero cautos.

El día prosiguió con algunas compras en el bazar de la ciudad y, al caer la tarde pudimos contemplar el paso de un desfile multicolor, con música, fakires, tragafuegos, una suerte de zaldikos y bufones travestidos, camellos, elefantes, toros gibados, caballos y un paso con la imagen de la diosa Parvati, esposa de Shiva, y homenajeada entre tambores y trompetas. El espectáculo se parecía mucho a la entrada que Aladín hace en Bagdad convertido en el príncipe Alí Ababua, en la película de Disney.

De madrugada, María y Laura fueron atacadas por unos insectos que violaron el perímetro de su mosquitera y les dejaron un buen número de bultitos repartidos por el cuerpo como recuerdo. Sospechamos de las temidas chinches.

A mí, los insectos siguen respetándome y, pese a dormir al raso en Menorca, a mi paso por Etiopía, y a que a menudo prescindo de la mosquitera, aún no he recibido ni un sólo picotazo desde que dejé mi casa aquel ya lejano 28 de junio. Será que la mala sangre que hicimos en el palacio de los elefantes me protege de las picaduras y de los bichos más variopintos. No obstante, he decidido no tentar más a la suerte: utilizaré la mosquitera y, desde luego, se acabaron las caricias a las cobras.

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Momentos “made in India”

Si algo tienen los viajes largos, especialmente los de clima duro, lejanía o diferencia cultural, es que se generan pequeños momentos. Son estos los que muchas veces anclan el viaje en el recuerdo.

Hoy ha sido un día de esos. Un día de momentos. Hemos partido de Agra a las diez de la mañana, en un coche que nos acompañará una buena parte del viaje. Las carreteras en India son… En fin, son como en muchos de los países en los que he estado, una burla a las reglas viales básicas. Un maremágnum de bestias, baches, seres que vagan sin mirar, camiones desvencijados, dobles sentidos en autopistas, carromatos que se saltan un stop con su caballo agitando las orejas y el carretero las manos.

Pero no fue en el coche donde vivimos los momentos. El primero llegó en un templo denegrido, con paredes leprosas que pierden alguno de sus frescos cada vez que llueve. Lo curioso del templo es que está habitado por 3.000 macacos. El dios mono Hánuman los protege, y como en la India casi todos los bichos son sacros, a estos ni se les espanta. Caminar entre sus ruinas me recordaba a la escena del Libro de la Selva en la que un Rey Orangután y su cohorte de micos piden a Mowgli el secreto del fuego a ritmo de jazz.

Nos habían advertido de que esos macacos son bastante excitables. Y que enseguida se toman confianzas con el viajero que les arroja alguna chuchería. Cuando no le roban un reloj, le pegan las pulgas o un mordisco. No obstante, yo quería alimentarlos, pese a las reticencias de mis compañeras. Así que por 20 rupias le he comprado un cucurucho de cacahuetes a un viejo que se derretía bajo su turbante y -con ellos en el bolsillo- hemos cruzado las puertas del templo de los monos.

Al principio no parecían hacernos mucho caso. Una madre llevaba a su monito colgandero hasta un estanque con agua. Otro despiojaba a su compadre hurgándole donde acaba el rabo… Otro siesteaba con su culo enrojecido apoyado en el quicio de una ventana. Y así.

Pero cuando he sacado los frutos secos la cosa ha cambiado. Varios han empezado a acercarse a nosotros sin respetar nuestro espacio psicológico. “¡Laura! ¿Estás grabando?”. Al volver la vista he visto que ella, con mi cámara en la mano, junto a mis otras dos compañeras, se alejaban a toda prisa abandonándome sólo ante el peligro simiesco. Yo también he empezado a ponerme nervioso ante tanto primo rodeándome y he lanzado lejos el cucurucho entero para largarme a buen paso del reino mono aprovechando la distracción.

Cuando hemos llegado a Jaipur, en el Rajastán, ya pasadas las cuatro de la tarde, apenas habíamos echado nada al buche. Ni un mísero cacahuete de los que había desperdiciado en monolandia. El hambre nos hace sensibles, impacientes e irritables. Especialmente a mis compañeras. Sobre todo a María y a Laura.
Así pues, hemos buscado un Pizza Hut cercano donde hemos devorado unas pizzas con las mismas ansias que los monicacos.

Yo lo que más tenía era sed. Y en una foto del mostrador se anunciaba la oferta de una limonada helada, que según anunciaba, quitaba hasta el dolor de cabeza. Por supuesto la he pedido, y Leire también. Cuál ha sido nuestra sorpresa al comprobar que la limonada era una especie de aguachirri tibio, de color marrón y ensuciado con especias feas como el comino y no sé qué mierdas más.

Al principio ha habido risas, más tarde apuestas. “¿Por cuánto te lo beberías?”. La cosa se ha ido calentando, hemos añadido al brebaje varios sobres de pimienta, ajo en polvo y guindilla seca, y María y Laura han puesto 1.000 rupias encima de la mesa. Leire, timorata ella, se ha declarado antiludópata y no ha participado.

El primer trago ha sido el menos amargo. Lo peor ha venido cuando los grumos de sabor horrendo traspasaban la pajita y se almacenaban en mi boca antes de ser tragados. La mezcla sabía a espidifén picante y sazonado, con recuerdos de orín desestructurado de mono sagrado y notas de habitación con humedades. Hacia la mitad he sufrido un amago de arcada. Si abandonaba, perdía la pasta y el orgullo. Así que he seguido hasta que sólo quedaba en el fondo del vaso un barro ceniciento y repugnante que ya ni subía por la caña. He ganado mil rupias, mis amigas un espectáculo comparable al del templo.

Después de comer, y con el aroma del batido infecto subiendo y bajando por mi esófago. Hemos ido a comprar el sari que Laura lleva buscando un tiempo. Entrar en una tienda en la que nadie sabe inglés, y pretender que te tejan el sari, negociar el precio, el plazo de entrega, las medidas y el pago con tarjeta, no tiene precio. A la media hora de ver telas, probarse una de ellas y negociar un poco, la conversación ha entrado en punto muerto en lo referente al top. Resulta que es un complemento imprescindible, pero el poco tiempo que estamos en la ciudad condicionaba el material empleado en su fabricación. Había que prepararlo en algodón, elegir nuevamente el color… En fin, un lío habida cuenta que nos hablaban en indi y que a todas nuestras preguntas contestaban indistintamente con movimientos de cabeza como si en vez de cuello tuvieran un muelle, muy típico en la India. Imposible saber si decían sí o no. Mañana iremos a recoger el dichoso sari, pero puede ser que nos encontremos una bufanda de ganchillo o un uniforme sij.

En fin. Nos hemos reído mucho, sobre todo con un hombre que era todo pellejo y hueso y que nos trataba con una profesionalidad de modisto parisino. Diciendo a todo “sí o no”, claro, según interpretásemos.

Cuando volvíamos del hotel, hemos visto un parque delicioso tras unas enormes puertas de estilo mongol. Pavos reales, grandes zonas ajardinadas y una muralla blanca con balcones arabescos cerrando el recinto. Pues nada más entrar y mientras saludábamos a unos niños, el guarda de turno ha cerrado las enormes puertas de madera de la entrada a nuestras espaldas. Ese gesto ha producido un auténtico pavor a Laura y Leire, que en medio de su psicosis, ya creían que era una encerrona, y que nos iban a atracar, o secuestrar, o algo peor. Cuatro párvulos y un empleado municipal, imagínense.

Se han abalanzado hacia la puerta como para pedir socorro, sin dar casi tiempo al buen hombre a que nos abriese una puerta secundaria para que saliésemos con cara de tontos ante la resignación del operario.

Ya de vuelta al hotel, una especie de chalé con jardín en un barrio residencial, hemos vivido nuestro último momento. Al entrar en el vestíbulo, una anciana recostada en una cama tras una mosquitera nos ha recibido musitando unas palabras con un hilo de voz casi inaudible y como queriéndose incorporar. Como siempre, he saludado con un respetuoso “namasté” y llevándome las manos a la frente. Al atravesar el pasillo he reparado en una vieja foto en blanco y negro que antes no había visto. Se trataba de un militar indio de alto rango, quizás de un general de la época de la independencia, con gorra de plato bastón de mando.

Estaba yo a punto de hacer una foto al retrato, cuando ha doblado la esquina del pasillo, el camino a nuestras habitaciones, uno de los recepcionistas del hotel que no habíamos visto antes. El hombre se ha detenido en seco y me ha mirado perplejo, como esperando una explicación. Le he brindado el saludo de costumbre y aún así he visto que no se apartaba, sino que balbuceaba unas palabras en indi que no he sabido interpretar. “We are guests of the hotel”, le he tranquilizado. Se ve que no estaba cuando habíamos llegado por la tarde y nuestras caras no le eran familiares.

Ha bastado un destello de su cara para que nos diésemos cuenta de lo que ocurría. No era el recepcionista, ni el retrato del general una simple foto decorativa, ni su viuda nos había saludado al entrar. Lo que había hecho la viejecita era pedir auxilio sin éxito ante el allanamiento de morada que estaba presenciando en su casa. ¡Nos habíamos confundido! Era un chalé privado, de arquitectura parecida a nuestro hotel y que probablemente compró aquel general con la fortuna obtenía en su carrera en la milicia.

“Si esto es EEUU, nos pegan un tiro”. Ha sido el primer comentario, en medio de la risa nerviosa, al salir apresuradamente de la casa.

Pues eso, momentos del viaje. Del mío me acuerdo porque aún me repite el zumo del Pizza Hut, pero seguro que también se acuerda la ancianita, que nos miraba con los ojos muy abiertos y asustada, quizás deseando que viviera su esposo el general para que nuestro recuerdo guardase algo más serio que saris y monerías.

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La sombra del Taj Majal

¿Cómo proyectar tu mirada sobre la imponente silueta del Taj Majal, con sus formas suaves y proporcionadas, con su blanco tamizado por las luces del amanecer, cuando has respirado el hedor de la basura en la que los cerdos hurgan a los pies de niños descalzos que piden chocolate al viajero?

¿Cómo imaginar el inmenso amor de un rey musulmán que lloró a su esposa favorita levantándole un mausoleo que admira al universo, una maravilla del mundo, a costa de 20.000 almas que dejaron sus huesos esculpiendo hasta el último verso del Corán, cuando una madre agita a su bebé entre sus brazos para distraerle del hambre?

¿Cómo sentir la frescura de sus jardines, el reflejo sereno en las aguas cristalinas de sus estanques, tras observar a los perros callejeros matarse por los deshechos de las chabolas que se pudren a orillas del contaminado río Yamuna?

¿Es posible que la mayor belleza y la peor miseria convivan pared con pared?

¿El equilibrio y el silencio, con el caos circulatorio, los pitidos infinitos, la polución y los atascos de rickshaws?

¿La sombra de los árboles, la paz de sus murallas, con los ladronzuelos y los buscavidas que se apostan en callejones inmundos cuajados de charcos negros?

¿Es posible vivir dos mundos así en un día? ¿La luz y su sombra?

Lo es. Esto es Agra. Es India.

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El extraño encanto de Khajuraho

Acabamos de llegar a Agra, mañana veremos el Taj Majal. Venimos en tren desde Khajuraho, al este.

Khajuraho es una pequeña ciudad de la India en la que actualmente no hay apenas turistas porque llueve mucho. Tiene un encanto extraño. Los niños andan descalzos y juegan a las canicas, los hombres circulan en moto y venden cosas, los adolescentes van en bici, y cuando no les llegan los pies, le dan al pedal metiendo las piernas por el cuadro. Por último, las mujeres viejas ven pasar la vida desde los escalones de sus casas embutidas en sus azafranados saris, o mandan a las jóvenes a traer agua del pozo. También hay tullidos, mendigos y menesterosos, pero piden rupias humildemente y cuando, con toda la amabilidad de que eres capaz, niegas con la cabeza, te despiden sonriendo y llevándose las manos juntas a la frente.

En Khajuraho, como en el resto de la India, las reinas son las vacas. O mejor dicho, las búfalas. Esas moles oscuras se bañan en las charcas o pululan por donde quieren luciendo enormes cornamentas estilo peinado de principios del siglo XX.

En Khajuraho hay veinticinco templos hinduistas. No sé si los hemos visitado todos, pero casi perecemos en el intento a causa del calor sofocante que nos bañaba en sudor cuando no lo hacía la lluvia.

Los templos hinduistas suelen estar dedicados a uno de los cientos de dioses a los que veneran. Shiva, uno de los principales, es el padre de Ganesh. Un día le cortó la cabeza a su hijo por una disputa por su madre que recuerda al occidental mito de Edipo. El caso es que, arrepentido y reprendido por los otros dioses, el padre repuso la cabeza a su hijo, aunque fue del primer animal que se cruzó en su camino: un elefante. Por otra parte, las paredes exteriores de los templos de Khajuraho están decoradas con figuras de animales y señoras de tetas grandes y redondas practicando el kamasutra con señores enjoyados. Es curioso el hinduismo.

En este pueblo hay un barrio que divide a las cinco castas. Pese a que lo prohíbe la constitución, éstas siguen vigentes en algunas partes de la India. Están los intocables, los campesinos, los comerciantes, los militares y los brahmanes. Cada uno vive en su barrio y se mezclan poco. Salvo los niños. En medio del pueblo hay una escuela que sólo tiene un par de aulas, pero se están construyendo más con ayuda del dinero que llega en forma de ayuda desde Europa.

Unos niños, a los que no pude sorprender con un truco de magia que me ha salido siempre salvo en Khajuraho, me enseñaron a lanzar las canicas con el índice, y yo les enseñé el movimiento del pulgar. Su lanzamiento es más potente, el mío es más preciso. Luego me enseñaron sus vacas y me ofrecieron un cuenco de leche de búfala recién ordeñada. Alguno iba en bici, otros se pegaban y todos se lo pasaban fenomenal echando carreras por el pueblo o jugando en el campo. Aquella cuadrilla, de la que me hice amigo, me recordó mucho mi infancia en Akerreta. Tenían pinta de divertirse de manera parecida.

Cerca del pueblo hay tigres, pero están al otro lado de un río partido por unas enormes cataratas que a veces se inundan de repente y alguna vez se han llevado por delante a una familia o dos. Así pues, pese a que era uno de mis objetivos en este país, no hemos visto a los grandes felinos. Están en época de apareamiento y gestación, y por ello son esquivos y peligrosos. Por esa razón creo que no los veré en lo que me queda de viaje. Lo que sí vi son insectos de todas las formas y tamaños. Muchos de ellos vivían en nuestra habitación. Por suerte también vivía un dragonet o geco que se los comía a pares. Es una suerte tener inquilinos así.

Cuando íbamos a las cataratas, apiñados en un tuk-tuk, una especie de triciclo motorizado con techo, le pedí a nuestro amigo Baya que me dejase conducir. Lo intenté durante unos metros, pero los baches y los obstáculos en forma de búfalos de mil kilos me hicieron desistir. Eso y mi falta de pericia.

Por la tarde vimos más templos y gentes. Y antes de cenar, María y Laura se fueron al campo en moto, Leire se retiró a descansar y yo fui a cortarme el pelo a la barbería del amigo de Baya. Es peluquero, barbero y masajista. Me preguntó que si quería “estilo indio” señalando a un parroquiano que era el calco de Apu. Le dije que no. Después de cortarme el pelo, me dio un masaje en la cabeza consistente en ungüentos mentolados y collejas. Al terminar, me pidió la voluntad. “You happy, me happy”, dijo. Además del pelo, me afeité la barba y las patillas. Hacía mucho calor en ese pueblo. Por la noche, el barbero les dio masajes de cabeza gratis a mis amigas, porque es majo y porque mi propina fue generosa. Todas se rieron mucho y acabaron con el pelo grasiento y mentolado.

Mañana veremos el Tal Majal. Supongo que será aún más impresionante que los pequeños templos que visitamos en Khajuraho. Igual también tiene labradas en su pared señoras de tetas grandes y redondas. Pero seguro que carece por completo del extraño encanto de Khajuraho. No hay barberos que piden la voluntad, ni niños jugando a canicas junto a sus paredes. Ni me recuerda remotamente a mis años de Akerreta.

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La paz de Varanasi

Mi primer día en India ha sido tal y como me lo esperaba. Ayer llegué al filo de las doce de la noche, tras el retraso de cinco horas de mi avión. Mi taxista se perdió por el barrio y llegado un momento de desidia, me quiso abandonar a mi suerte. Por fortuna me hice fuerte en el asiento de atrás y no me bajé hasta que, después de interminables vueltas, dimos con el destino. Aún me pedía propina el tío. Cosa que le di para no discutir.

Hoy hemos visitado Delhi antes de tomar un nuevo avión que nos ha traído al Este, a Varanasi, una de las ciudades más antiguas del mundo, sagrada para el Hinduismo, patria chica de Rabi Shankar, y bañada por el río Ganges.

Por cierto que durante la visita a la imponente fortaleza roja, varios indios nos paraban para hacerse fotos con nosotros, como si fuéramos Cristiano Ronaldo o Madonna, la cosa tenía cierta gracia hasta que esos varios eran decenas, que nos seguían como un séquito de fans indiscretos por todo el recinto.

En Delhi había gentío, pero la llegada a Varanasi ha sido digna de abrir una novela. Tras un buen rato circulando por las atestadas calles de la ciudad antigua, el taxista no ha podido continuar debido a la aglomeración de bicis, motos, gentes y vacas. Ha encargado a un muchacho que nos guiase por las callejuelas rumbo al hostel. Pocas veces he vivido una sensación tan alejada a lo que tenemos por confort en occidente. Miríadas de personas a pie, en bici, en moto o en carromato se cruzaban en nuestro camino empujándose unos a otros, arrollándonos, forzándonos a caminar el hilera y pegados a la pared.

El calor, pegajoso y húmedo, unido a la polución y al hedor de las heces y los charcos de basura que salpicaban el suelo, nos hacía sudar como en una sauna. Nos taladraba las sienes el ruido ensordecedor de gritos, pitidos, ladridos, motores y frenadas, tan sólo rotas por los aullidos de una manada de perros matándose a dentellada limpia en medio de aquel enjambre caótico, humano y mecánico. Además una vaca me ha embestido al querer sacarle una foto como las que nos hacían a nosotros los indios en Delhi. Gracias a Ganesh que estaba atada.

Ha sido una locura, un chupinazo en tierras extrañas que nos ha dejado un buen rato aturdidos. Por fin, hemos llegado al hotel. Era como un oasis de paz, con su terraza elevada sobre el manso río Ganges.

Después de comer y tomarnos las primeras cervezas del viaje, hemos negociado con un barquero un paseo por el río. Al atardecer hemos atracado frente a un ghat (o terraza escalonada en la orilla) para contemplar una ceremonia donde los brahmanes rendían culto al dios mono y a Shiva, ante la respetuosa mirada de fieles que inundaban los peldaños de la escalera y los cientos de barcas del río.

El barquero, Raju se llamaba, nos ha dejado remar con él y nos ha explicado los diferentes ritos y cultos que se celebran en torno al Ganges. Desde luego, el que más nos ha impresionado ha sido el de las cremaciones. Hemos asistido a varias de ellas, que se celebraban a la vez, en medio de una naturalidad de mercado matutino.

De vez en cuando, un cadáver engalanado era bañado en el agua por sus familiares antes de ser depositado en la pira funeraria. Cuanto más pobre es el finado, más cerca de la orilla arde. Algunas veces se podían escuchar unas explosiones sordas de las que ya me habló mi amigo Salva en el transcurso de uno de aquellos cafés indianos. Se trataba de los cráneos, víctimas de la presión desatada por el calor.

En torno a las escombreras sobre las que ardían las piras, merodeaban perros famélicos sin que nadie pareciese advertir su presencia. Y los asistentes -todos hombres- iban de acá para allá, conversaban, miraban el flamear de las llamas o removían los rescoldos con unos palos largos.

Las mujeres no vienen aquí porque lloran, se tiran de los pelos, y más de una se arrojó en su día a las llamas, presa de la desesperación y el dolor.

Según nuestro barquero, no todos los hindúes acaban en el fuego. A los bebés, a las mujeres embarazadas y a quienes palmaron por la mordedura de una cobra (animal sagrado) no se les incinera. Sus cadáveres se hunden intactos en las marrones aguas que hemos navegado.

A los que sí arden, cuando de ellos no quedan más que cuatro huesos carbonizados, también se les arroja al agua -una tibia lanzada por un brahmán nos ha salpicado la barca-. Después, se llena un recipiente de barro con agua sagrada y el sacerdote la arroja de espaldas sobre las brasas. Y todo el mundo marcha a casa sin volver la cabeza. Su ser querido se ha ido y no lo verán en esta vida.

“Real life”, apuntaba Raju. Así es, “life” y muerte. Las dos caras de una misma moneda. Tan real como la existencia que vivimos cada uno según nuestras costumbres, vicios, miedos y anhelos. Real como el fuego que crepita a estas horas a orillas del río Ganges y que a todos une sin preguntar por posición, dineros, patria, religión, o equipo de fútbol favorito.

Quizás sea la asunción de la muerte, en un país tan acostumbrado a ella, una de las lecciones que aprendamos en este viaje. Porque aprender ha sido nuestro deseo al arrojar nuestra ofrenda al río: una velita flotante.

Ver las hogueras desde la barca y observar alejarse la vela nos ha brindado un curioso momento de paz, un “buen karma” en contraste con la vorágine de la mañana. Y en paz se ha ido alejando la llamita sobre las olas del Ganges. Como el barquero del lago Estigia.

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